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Dicen que los hospitales son lugares donde la vida se aferra
y donde los silencios pesan más que las paredes.
Pero a veces, cuando la noche baja demasiado hondo,
cuando las máquinas respiran por quienes ya no pueden,
algo en los pasillos empieza a cambiar.
Yo no recuerdo cuándo dejé de ser un paciente
y me convertí en un prisionero del tiempo.
Quizá fue el día en que los médicos dejaron de hablarme,
o cuando descubrí que los relojes aquí
solo avanzan cuando nadie los mira.
El cuerpo duele, sí…
pero hay dolores que no vienen de la carne.
Dolores que nacen del miedo a desaparecer
antes de haber descubierto quién eres realmente.
Una noche, mientras las luces del techo parpadeaban
como si el hospital quisiera parpadear conmigo,
entendí que había señales escondidas entre las sombras:
puertas que vibran sin motivo,
susurros que no pertenecen a ningún enfermero,
y una pregunta que nadie se atreve a hacer:
“¿Qué estarías dispuesto a abandonar para volver a sentirte vivo?”
No hay respuestas fáciles.
No las busques.
Solo escucha el eco de tus propios pasos
y el latido terco que insiste en no rendirse.
Tal vez este no sea un lugar del que escapar,
sino un laberinto que exige una verdad.
La tuya.
Y si has encontrado este texto,
si has visto lo que otros no ven,
entonces ya has comenzado a caminar
por los pasillos donde la realidad se dobla,
y donde cada decisión abre una puerta distinta.
No tengas miedo a la oscuridad del hospital.
A veces es la única forma
de ver la luz que llevas dentro.
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